Mamas con historia: Mito y verdad de Ana Bolena

Fue la segunda de las seis esposas del pérfido Rey Enrique VIII de Inglaterra. Una de las mujeres más controversiales de la historia.

Una seductora y ambiciosa dama de la Corte de la que se enamoró locamente el monarca, al punto que pidió al Papa que anulara su matrimonio con Catalina de Aragón. La petición no fue aprobada y Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar “jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Se casó con Ana Bolena y fundó la Iglesia Anglicana. Estos hechos fueron el detonante para que surgiera la leyenda negra de Ana Bolena. Los enemigos del rey enfocaron sus ataques hacia su nueva esposa. Pusieron a correr varios rumores: que tenía seis dedos en su mano izquierda, y por eso usaba mangas largas o pañuelos de encajes. Que tenía un lunar en el cuello, por lo que usaba collares para ocultarlo y, lo peor de todo, que tenía tres mamas. Como Enrique VIII tenía fama de pervertido y desaforado en su vida íntima, se especuló que Ana Bolena, alimentaba sus fantasías sexuales, sobre todo apelando a sus tres mamas.

Todo estos “defectos” se consideraban signos del diablo en aquella época, pero no eran más que inventos para “confirmar” que practicaba brujería. Nada de eso era cierto. Basta revisar los registros escritos o gráficos de Ana Bolena, que fue retratada en muchas ocasiones. Ningún documento histórico o algunos cuadros que muestran detalles meticulosos de su figura, indican nada de aquellas diabólicas señales.  Aparte que es difícil de creer que en una época donde las deformidades eran consideradas un signo del mal, el rey se hubiera sentido atraído por una mujer que tenía alguna en su cuerpo.

Por el contrario, los testimonios confiables de la época la describen como una dama de discreta belleza pero de impresionante personalidad, que desafiaba los límites establecidos para las mujeres de su tiempo: Morena de ojos oscuros y cabellos negros, que llevaba casi siempre sueltos, en contra de la tradición. Era una voraz lectora, muy culta. Gustaba emitir sus opiniones sobre asuntos políticos y sociales, lo cual disgustaba a los funcionarios de la corona.  Sin duda, una mujer muy interesante pero incómoda. Tal vez por eso terminó en el cadalso. La historia se encargó de reivindicarla cuando su hija, ascendió al trono en 1559, para convertirse en Isabel I de Inglaterra, protagonista del reinado de mayor esplendor tanto en su país como en el continente europeo.

A.R.

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