Después de un terremoto, la vida cambia en cuestión de segundos y es natural que las emociones se intensifiquen. El miedo, la incertidumbre, la tristeza e incluso la irritabilidad son respuestas que pueden aparecer cuando nuestra sensación de seguridad se ve amenazada.
Como psicóloga clínica, considero importante recordar que no existe una manera “correcta” de afrontar una experiencia de este tipo.
En estos días he escuchado a muchas personas expresar culpa por haber regresado al trabajo, por continuar con sus responsabilidades o incluso por haber sonreído en algún momento. También he escuchado comentarios que cuestionan a quienes siguen con su rutina, como si hacerlo significara falta de sensibilidad o frialdad, el juzgar a los otros puede convertirse en una forma de manejar el impacto emocional del momento
Continuar trabajando representa para muchas personas la forma de afrontar la situación porque necesitan mantenerse activas y por supuesto es también la manera de solventar y cumplir con sus compromisos económicos y familiares. Desde la psicología, sabemos que recuperar poco a poco la rutina también puede convertirse en un factor de protección emocional, ya que brinda estructura y una sensación de control en medio de la incertidumbre.
Cada ser humano regula sus emociones de manera diferente. Hay quienes necesitan hablar constantemente de lo ocurrido y quienes encuentran alivio enfocándose en sus actividades diarias. Ninguna de estas respuestas es incorrecta. Lo verdaderamente importante es no ignorar nuestras emociones ni exigirnos reaccionar igual que los demás.
Si has tenido que regresar a tus labores, date permiso para reconocer cómo te sientes. Haz pausas durante el día para respirar profundamente, mantente hidratado, procura descansar y evita permanecer expuesto de manera continua a noticias o información que aumente la ansiedad. Conversar con alguien de confianza también puede ser una herramienta valiosa para aliviar la carga emocional.
Del mismo modo, como comunidad necesitamos practicar la empatía. No podemos medir el dolor de una persona por la forma en que lo expresa. Hay quienes lloran, quienes permanecen en silencio y quienes encuentran fortaleza en seguir adelante. Todas son formas humanas de adaptarse a una situación extraordinaria.
Si con el paso de los días el miedo, el insomnio, la angustia o la sensación de alerta permanente dificultan el desempeño cotidiano, buscar apoyo psicológico no es una señal de debilidad, sino un acto de autocuidado y responsabilidad.
Sanar no significa olvidar lo ocurrido. Sanar implica permitirnos sentir, pedir ayuda cuando sea necesario y comprender que continuar con nuestra vida, aun después de un evento tan impactante, es una expresión de resiliencia, de crecimiento interno
Scarlet Celis Rodríguez/ Psicólogo Clínico/ FVP 3952
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